La cruda historia de vida de un compañero que padeció las tormentas de dos cárceles: la de los muros de la prisión y la de su enfermedad. Las peripecias de una biografía marcada por la violencia paterna, los excesos, la llegada del mensaje tras las rejas, la importancia de la figura tutelar de su madrina y un emotivo cierre, muy alentador y pleno de esperanza, para todos aquellos que todavía sufren el flagelo del alcoholismo activo.
Nací hace 37 años en Misiones, Argentina, en un pueblo llamado Campo grande. Provengo de una familia humilde. A los cinco años de edad mis padres tomaron la decisión de buscar un progreso familiar. Fue entonces que nos mudamos a Buenos Aires. El fantasma del alcohol ya era un conflicto: mi padre era una persona bebedora, sin control y violento.
Corrieron los años. Mis padres se separaron a causa del alcohol. Quedamos los tres hermanos a cargo de mamá, verdadero titán de la vida. Y, si bien ya estábamos libres de la violencia que ejercía mi padre, se presentó una problemática económica. Apenas alcanzaba la comida. Mi madre, una gran luchadora, salió a trabajar. La ausencia paterna estaba al borde del olvido. No era tarea fácil criar a tres varones, pero Dios siempre nos cuidó de lo malo. Con sólo doce años de edad probé mi primer trago. Allí comenzaría el infierno y mi inocencia de no saber el daño que años más tarde causaría... Recuerdo que cada vez que bebía no quería ser como mi padre (violento). Tomaba alcohol y era tranquilo, por eso sentía que obtendría buenos resultados. Fue un error.
Mi padre era una persona buena, trabajadora. Pero al beber la violencia, latente, se hacía manifiesta y sembraba el terror en mi hogar. Cuando nos sentábamos a la mesa comíamos con miedo. Viví el peor de los infiernos: ver a mi padre golpear a mi madre fue lo más
horrible, también las imágenes de mis hermanos llorar, ponerse ropas encimadas para que los golpes no duelan tanto.
Al poco tiempo apareció la droga: comencé a consumir cocaína con el alcohol. Los conflictos en mi vida eran cada vez más fuertes: empecé a tener problemas con la justicia. La delincuencia, con el tiempo, se había hecho un hábito natural. Pero no llegaría muy lejos. Después de haber pasado más de la mitad de mi vida preso el odio interno creció con más fuerza.
En el año 2012 fui detenido. Allí pasaría más de una década. Un sábado a las 10 am llegó una noticia terrible: el fallecimiento de mi mamá. Fue el dolor más desgarrador de mi vida.
Alexis A.
Tomaba alcohol y era tranquilo, por eso sentía que obtendría buenos resultados. Fue un error."